Más veloz que la mente

Esa mañana, cuando Carlos terminaba de bañarse, sonó el teléfono y tuvo que salir apresuradamente del baño, todavía con la toalla amarrada en la cintura. Repentinamente, se dio cuenta de que estaba por pisar a Junior, el gato de Brenda, y trató de frenar en seco su movimiento…

Todo en vano: su pie cayó sobre Junior, quien emitió un sonoro maullido. Mientras Brenda le reclamaba su descuido, Carlos se preguntaba por qué no siempre podemos detener un movimiento en el último instante.

Todo parece indicar que, si cancelamos la orden para ejecutar el movimiento alrededor de los primeros cien milisegundos después de haberla enviado, es probable que tengamos éxito. Conforme rebasamos los 200 milisegundos (menos de un cuarto de segundo) ya no habrá forma de detenernos.

Para entender mejor qué sucede, los investigadores aplicaron experimentos a sujetos humanos y monos, monitoreando la actividad del cerebro vía diferentes sistemas. Así comprobaron que en estos procesos intervienen y se comunican distintas partes del cerebro, entre ellas dos áreas de la corteza prefrontal y una de la corteza premotora.

Cuando la comunicación entre estas áreas no es adecuada, los tiempos de reacción se incrementan. Esto sucede más frecuentemente en el caso de personas mayores y también en adictos e individuos con problemas mentales.

Mientras acariciaba a Junior, buscando el perdón del bicho y su dueña, Carlos meditaba sobre la complejidad del cerebro y las tareas que realiza. Para que podamos vivir y funcionar, una multitud de mensajes, conscientes e inconscientes, se procesa todo el tiempo dentro ese órgano extraordinario, y solo nos damos cuenta de ello cuando suceden cosas como un cambio repentino en las luces del semáforo.

 

Fuentes

http://www.cell.com/neuron/fulltext/S0896-6273(17)31063-2

http://www.newswise.com/articles/view/685961/?sc=dwhn

 

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