Viaje alrededor del sol en 365 días y fracción

Aunque nos gustaría medir los años con gran exactitud, nuestro planeta no es muy preciso en cuanto a la duración de su traslado, que no solo no coincide con un número definido de semanas (52, por ejemplo), sino que ni siquiera se ajusta a un horario en específico. De esa manera, nuestra vuelta al Sol dura (casi) exactamente 365 días, cinco horas, 48 minutos y 46 segundos.

Esto provoca la molesta necesidad de añadir un día cada 4 años al calendario civil, y luego ajustar periódicamente (saltándose un año bisiesto) para compensar por los errores que eso inevitablemente provoca. De esa manera, el próximo año bisiesto será 2020, y el próximo periodo de ocho años (en lugar de cuatro) sin bisiestos será entre los de 2096 y 2104.

Si no ajustáramos por esas horas de diferencia, con el tiempo las estaciones ocurrirían en diferentes meses del año, causando mucha confusión e incluso problemas logísticos, sobre todo en los ciclos agrícolas, así que preferimos aguantar la molestia y seguir adelante.

 

¿Por qué enero?

Muchas culturas ubicaban su cambio de año cerca del solsticio de invierno, cuando los días son más cortos en el hemisferio norte. Al comenzar el invierno, la duración del día empieza a alargarse lentamente otra vez, hasta llegar a fines de junio, cuando ocurren el solsticio de verano y el día más largo del año. Muchas civilizaciones consideraban esta transición como un renacimiento, así que no es de extrañar que el año nuevo estuviera cercano a esa fecha.

En la época del Imperio Romano, a mediados de diciembre se celebraban las saturnales con mucha fiesta, comida y bebida, en un ambiente que hoy llamaríamos de carnaval. Fue entonces cuando se creó el calendario juliano (llamado así por Julio César), que se impuso en Roma y todas sus provincias. Este calendario fue vigente durante muchos siglos, incluso después de desaparecido el imperio, hasta que uno nuevo, el gregoriano (por el papa Gregorio XIII), ajustó sus imperfecciones para que el año civil no se desfasara del sideral.

 

En su momento, Julio César pensó que era una magnífica idea que el primer mes del año, pasando el solsticio y las saturnales, honrara a Jano, dios de los umbrales y las puertas. De forma muy atinada, este tiene dos caras, una viendo hacia delante y otra hacia atrás, o hacia adentro y afuera. Así, el primer mes se llamó jenarius, que en español perdió la “j” y se convirtió en enero. En otras lenguas se llama January (inglés), janvier (francés), janeiro (sí, Río de Janeiro es Río de Enero en portugués), y así sucesivamente.

Con la llegada del cristianismo, hubo algunos intentos por cambiar la fecha del comienzo del año. Por ejemplo, algunos la trasladaron a la de la anunciación, que estimaban había ocurrido el 25 de marzo (cerca del equinoccio de primavera). Otros propusieron el 25 de diciembre, para que coincidiera con la Navidad, pero casi todo mundo siguió celebrando el año nuevo el 1 de enero, y hoy ya nadie lo discute.

Curiosamente, la Nochebuena y la Nochevieja (última velada del año), la Navidad y el Año Nuevo quedaron a exactamente una semana de distancia. Se ignora si los astros tuvieron algo que ver con eso, aunque sospechamos que más bien se trata de una simple casualidad.


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