El sentido de la vida

El psiquiatra austriaco Viktor E. Frankl, fundador de la llamada “Tercera escuela vienesa de psicología,” se adentra en este universo y nos ayuda a entender los motivos de la existencia. Frankl empezó tratando de comprender la psicología del prisionero en situaciones terribles, como el Holocausto y los campos de concentración nazis. Su teoría plantea que la vida tiene sentido cuando tiene una razón concreta, una meta, un futuro. Su filosofía, conocida como logoterapia, se convirtió en una de las escuelas psicológicas más importantes, en buena medida, porque contribuye a dar respuesta a la incertidumbre que rodea a la existencia humana.

Las dos escuelas vienesas anteriores de psicoterapia se centraban en el principio del placer —o la voluntad del placer—, el psicoanálisis de Sigmund Freud, y en la voluntad del poder, de la escuela de psicología individual de Alfred W. Adler.

Por su parte, Frankl habla de voluntad de sentido y aplica un método que ha sido utilizado desde entonces para tratar trastornos de neurosis. Su objetivo es “tejer tenues hebras de vidas rotas en una urdimbre firme, coherente, significativa y responsable”. Este autor con frecuencia citaba a Nietzsche: “Quien tiene un porqué para vivir, casi siempre encontrará el cómo”.

Esta escuela ha tenido gran éxito, sobre todo en Europa, quizá porque alude a la última de las libertades humanas: la capacidad de “elegir la actitud personal ante un conjunto de circunstancias”. Así, algunos de los prisioneros de los campos de concentración elegían ser “dignos de su sufrimiento”, atestiguando la capacidad humana para “elevarse por encima de su aparente destino”.

La logoterapia ve hacia el futuro y rompe con los círculos viciosos de los mecanismos de retroacción que pone en acción el organismo cuando recibe un estímulo —ya sea positivo o negativo—. Por ello es eficiente en el tratamiento de la neurosis. Y me atrevo a decir, además, que es parte de una filosofía de vida que nos ayuda a encontrar aquello por qué vivir, a darle un sentido a nuestra existencia y a enfocarnos en lo que vale la pena, sin dejar que las cosas superficiales nos roben fuerzas y energías.

 

Fuente: El hombre en busca de sentido, Viktor E. Frankl, prólogo y notas.

Duodécima edición, 1991, Barcelona, Editorial Herder

 

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